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Los superricos, el síndrome de Estocolmo y cómo se va a hundir el barco (si no lo evitamos)

Si no superamos la identificación que tenemos con los más ricos, estamos condenados. Si no les forzamos a que repartan el botín, los demás planes serán quimeras

Juan Bordera en Ctxt.es 20/01/2022

Imaginémonos un planeta en el que una crisis ecológica tremenda pusiera en peligro a la propia vida, la desigualdad económica aumentara exponencialmente, mientras muchos de los recursos más importantes cada vez escasearan más. Y en ese mismo planeta, a la vez, una pequeña élite se estuviera dedicando a usar una cantidad cada vez más grande de esos preciados recursos –incluso para proyectos estúpidos y megalómanos que agravan el problema climático– mientras se las apañan para pagar cada vez menos impuestos. Y ahora, imaginemos que, además, una buena parte de las clases populares las idolatraran por ello. ¿Cómo denominaríamos a ese fenómeno?

Cuando la víctima de una situación de estrés, como un secuestro o una agresión, desarrolla un vínculo afectivo con su captor, a esa reacción la llamamos ‘síndrome de Estocolmo’. Eso mismo está pasándonos como sociedad. Alguno quizá pensará: “Bueno, venga, no exageremos”, los superricos no son unos psicópatas. Veámoslo.

Obviamente, todos no lo son, sin embargo, la proporción de psicopatía es considerablemente más alta entre las posiciones de poder. Según el psicólogo forense Nathan Brooks, solo un 1% de la población general lo es. En las cumbres del mundo corporativo, entre un 3% y un 21%. Entre 3 y 21 veces más. Y el rango es tan amplio porque muchos de estos psicópatas solo tienen algunos rasgos. Que les sirven para medrar en un sistema hipercompetitivo. Estar en la cumbre de una sociedad ciertamente enferma no es garantía de salud mental, sino todo lo contrario.

Emily Lasko, doctora en psicología social, ha estudiado recientemente los diferentes tipos de psicópatas diferenciando entre los “sin éxito”, más susceptibles de acabar en prisión o en un hospital, y los “exitosos”, más propensos a acabar dirigiendo una multinacional o un bufete de abogados. La tendencia a la agresividad y la violencia será mayor en los primeros pero es posible que simplemente se haya sublimado en muchos de los individuos del segundo grupo.

La mayor parte de las razones del síndrome de Estocolmo cuadran para este fenómeno colectivo: 

– Los rehenes tratan de protegerse en un contexto de situaciones que les resultan incontrolables, por lo que tratan de cumplir los deseos de sus captores.

– Los delincuentes se presentan como benefactores ante los rehenes.

– La pérdida total del control que sufre el rehén es difícil de asimilar. Se hace más soportable para la víctima convenciéndose a sí misma de que tiene algún sentido, y puede llevarla a identificarse con los motivos del autor del delito.

Si hacemos un breve repaso a los hombres –sí, son 99% hombres– que han ostentado el poder económico y político en los últimos siglos comprenderemos que la relación entre psicopatía y poder no es ni mucho menos una excepción. Es casi la regla. 

En el siglo XIX son famosos los casos de la brutalidad de J.P. Morgan, la codicia insaciable de Rockefeller o el sadismo genocida del rey Leopoldo II de Bélgica. ¿Eran todos ellos psicópatas u hombres adaptados a su tiempo? El límite es difuso, aunque yo optaría por lo primero. En el siglo XX también podríamos conformar una buena lista con algunos de los grandes magnates y dictadores. Nombres clásicos y esperados como Hitler, Pinochet o Pol Pot, y otros no tan evidentes como Kissinger, Ted Turner o Henry Ford entrarían en el selecto club.

Mientras Musk y Bezos no son capaces de abandonar una carrera espacial carente de sentido, Gates se está centrando más en asegurar el suelo, demostrando ser más consciente de los límites del planeta que los otros dos

Y llegamos a nuestra era, a los Musk, Bezos o Gates. ¿Merecen estar en una lista con tanto pedigrí? Pues como mínimo habría caso para debate. Sin duda los tiempos han cambiado, hasta para los psicópatas exitosos. Ahora, con tanta cámara y medios de comunicación, deben disimular mejor. Pero para eso existen las campañas de relaciones públicas. Para convertir a estos enfermos en filántropos.

Sean o no unos psicópatas o sociópatas, al menos estos tres comparten adicción. Son unos adictos al dinero, al poder o a ambos. Musk y Bezos se pelean por los dos primeros puestos en varias carreras hacia ninguna parte; por su parte, Bill Gates ahora se dedica al huerto, como buen jubilado, solo que él a base de acaparar tierras agrícolas. Quizá por eso se ha descolgado un poco en la lista de Forbes –es el cuarto más rico del planeta– pero eso no le convierte en menos adicto, sino en más listo. Las acciones de Tesla y Amazon probablemente valgan menos que un buen terreno en no mucho tiempo. Mientras Musk y Bezos no son capaces de abandonar una carrera espacial carente de sentido, Gates se está centrando más en asegurar el suelo, demostrando ser más consciente de los límites del planeta que los otros dos.  

Elon Musk es una patología con patas. Defiende trabajar 80 horas a la semana y se lo cree mientras lo dice. Apoya golpes de Estado en Twitter, como el que tanto le beneficiaba en Bolivia, o hace declaraciones contradictorias como que apoya una renta básica, pero a la vez que eso de pagar impuestos al Estado es “asignar mal los recursos”, ya que los multimillonarios como él lo son porque “asignan capital mejor”. No tenemos tiempo para que tipos así sean el hombre del año para la revista Time. También lo fueron Trump y Hitler.

Y Bezos, qué más se puede decir del hombre que impone condiciones laborales que hacen que sus empleados tengan que orinar en botellas, no puedan escapar de sus fábricas en pleno huracán –lo cual le costó la muerte a seis de sus empleados en un almacén en Edwardsville, Illinois–, o que es famoso por copiar y tratar de destruir a la competencia hasta extinguirla. Podemos decir que ni comprándose todos los periódicos del mundo –como hizo con The Washington Post– podría disimular que también es un candidato a sociópata.

Uno de los mitos más peligrosos que nuestra sociedad sostiene es que estos hombres se han hecho a sí mismos. Un mantra hipnótico que se repite para afianzar el hechizo de que no son sanguijuelas, sino una suerte de héroes salvadores. Pero un simple repaso nos permite comprender que William Gates III tenía las puertas abiertas desde pequeño y su familia, contactos con IBM, la empresa que le lanzó. También que Errol Musk –a quien su propio hijo ha definido como un demonio– era el dueño de una mina de esmeraldas en Sudáfrica y un promotor inmobiliario adinerado. O que los 300.000 dólares que recibió Bezos de su padre adoptivo para “comenzar en su garaje”, no suele ser el comienzo habitual de casi nadie en estos tiempos de precariado.

Nos han colado muchos cuentos. Un relato peligroso que nos han sabido vender es el de “haz tu parte y no seas tóxico, no te quejes y trabaja duro”. Estos convenientes consejos –para la élite– evitan que entendamos que no hay solución en la lucha individual. Que las acciones que hacemos por cambiarnos a nosotros mismos pueden ser útiles, pero son siempre insuficientes. Por eso petroleras como BP fomentaron conceptos como la huella de carbono personal. Para que nos comparemos y nos echemos la culpa unos a otros mientras el modelo responsable y los grandes beneficiados del mismo salen indemnes.

Otro de los mitos más perversos es que la riqueza se derrama hacia abajo desde la cumbre gracias al maná que estos genios son capaces de crear. Este quizá sea el más sangrante. El conocido como trickle-down o “efecto derrame”. Teniendo en cuenta que la desigualdad económica nunca había sido tan aberrante como en nuestra época, y que la huella ecológica que están generando ni se contabiliza. Derrame, pero cerebral hay que tener para creérselo. ¿Cuál es el coste de oportunidad de todos los recursos –muchos de ellos anteriormente comunales– que se han usado en sus proyectos? 

Estos tres magnates se las dan de comprometidos, por ejemplo en la lucha para detener el cambio climático. Sin embargo, siguen usando sus jets privados y usando más recursos que nadie. Por eso, las emisiones de carbono del 1% más rico superan en más del doble a las de la mitad más pobre de la humanidad. Si queremos evitar los peores escenarios climáticos tenemos que superar el ‘síndrome de Estocolmo’ social que tenemos con los superricos. No hay otra opción. La otra opción es seguir viendo cómo la riqueza de los diez hombres más ricos del mundo se dobla, han leído bien, dobla, durante la pandemia

Si la élite es tan desigual y ostentosamente rica, vivirá al margen de los problemas, y tardará mucho más en detectar las señales

Varias razones secundan y explican por qué es imprescindible redistribuir la riqueza y rápido si queremos evitar llegar a un callejón sin salida en forma de colapso social: el consumo ostentatorio, concepto definido por el sociólogo y economista Thorstein Veblen nos pone en la situación de comprender que una parte del consumo se hace por aparentar estatus, posición social. Si la desigualdad es tan obscena como la actual, será más fácil que nos fijemos en los que más tienen –les envidiemos, y tratemos de emularles– porque la brecha es enorme. No es que todos queramos ser Musk o Bezos, pero cuanto mayor es la distancia entre la élite y los “súbditos” más espacio hay para una comparación que nos haga sentir que no consumimos o poseemos lo suficiente. 

Tenemos una tendencia natural a buscar “progresar”, a querer más. Es este rasgo el que nos hace compararnos habitualmente con quien tiene más que nosotros, pero no tanto con quien tiene menos, aunque este grupo lo conformen unos cuantos miles de millones de personas más.

El otro argumento de peso para tratar de atajar la desigualdad como si fuera el mayor de los problemas, es que efectivamente lo es. El modelo HANDY (Human And Nature Dynamics) trató de analizar las causas de colapso y concluyó que había dos razones principales: la desigualdad extrema y la explotación del medio ambiente por encima de su capacidad de regeneración. Además, esto explica otra cosa: si la élite es tan desigual y ostentosamente rica, vivirá al margen de los problemas, y tardará mucho más en detectar las señales, en sentir en sus carnes los efectos de los desafíos, hasta el punto de que igual le da por darse un paseíto espacial en plena pandemia y explosión del caos climático. Y es esta inercia justo la que nos encamina hacia el hundimiento del barco, del que ellos ya sabemos qué pretenden hacer si se hunde. Escapar como ratas. De hecho los viajes espaciales en el fondo esconden una fantasía de huida evidente.

Si el barco se va a hundir es en parte porque el peso del ‘Titanic’ está descompensado en primera clase, y en parte también porque los titanes de los negocios son dignos representantes de los males culturales de la época que los ha amamantado: ambiciosa, insaciable e irracionalmente creyente en el progreso tecnológico.  

Y de ellos no va a salir devolver lo que no les corresponde. De ellos no va a salir donar el 80-90% de lo que han amasado. Somos el resto quienes tenemos que desembarazarnos de esta “plutolatría”. De esta mitomanía paralizante. Del ‘síndrome de Estocolmo socioeconómico’. Si no superamos la identificación que tenemos con ellos, con los superricos, estamos condenados. Si no les forzamos a que repartan el botín, los demás planes serán quimeras. 

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Agradezco al investigador y cineasta Alejandro Pedregal por el intercambio que ha ayudado a conformar este artículo.

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