Mar. May 17th, 2022

Con los pies en la Tierra, y la Matria en el corazón

Este artículo carga el peso de ser el que inaugure mi conexión con este espacio virtual. Un espacio que pretende dejar huella de sueños y aprendizajes. Inaugura también la sección «Independencia alimentaria«, y vengo a él al día siguiente de mi primera asamblea oficial como socio de A Minglana. Orgulloso de reencontrarme en actividad con mis amigos, mis compañeros de sueños, mis -como dirían por otros lares con menor dificultad- camaradas. Y vengo al teclado con la energía de mi primera jornada solo; en lo que pretendo sea mi ansiado primer huerto, de ese comienzo del sueño que me muestra golpeando teclas también (lo que aún llena mi estómago), pero haciéndolo con las manos curtidas, encalladas, inflamadas y endurecidas de un hortelano orgulloso. Me hace, por tanto, especial ilusión, sentirme ahora golpeando estas teclas, aún con refinadas manos, para dirigirme a los míos -a mis «iguales»- con orgullo y honestidad, acompañando a quien así lo quiera en los aprendizajes a los que los aciertos y los errores nos sometan.
Me encontraba hace un rato con las manos urgando la tierra, en conexión con el todo, inmerso en mis pensamientos armónicos con el sentimiento del momento. Mientras aún la tierra escurre por mis manos, veo cómo asoma descubriéndose una pequeñita cebolla. Decido buscar más, y consigo unas cuantas, y les busco un lugar privilegiado junto aun río con algo de sombra para no tener que preocuparme de regarlas, y ver cómo son capaces -o no- de salir adelante por sí mismas. Si no lo hacen, seguramente lo olvidaré, pero me imagino frente a estas teclas golpeadas por gruesos dedos, dentro de unos años y entre lágrimas dulces (de esas que produce la nostalgia de los inicios cuando se alcanzan los sueños), sonriendo cómplicemente conmigo mismo en este preciso instante.
La verdad, no ha sido lo productiva que quisiera la jornada en la tierra. Además de una llamada de más de una hora que he decidido atender con calma, la madera de la jada que encontré en un viejo barril oxidado, ha ido consumiéndose como lo hacían las cuerditas de nylon con dientes de sierra que el hermano que me ofrece gentil y desinteresadamente su terreno para que aprenda a cultivarlo le ponía a la desbrozadora en la primera jornada. Por eso sólo he labrado un tercio. En realidad, no me gusta labrar la tierra, hay algo que me dice que si la naturaleza no lo hace, quizá por algo que se nos escapa, no es buena idea hacerlo. Me prometo a mi mismo investigar sobre eso, y me voy haciendo una idea de que gran parte del tiempo de todo esto lo voy a pasar frente a DuckDuckGo (la verdad, desde que lo ví anunciado por todos lados sospeché de su altruísmo, y me propuse pasar a Ecosia, aunque es otra de esas tareas pendientes, como salir de una vez del WhatsApp).
Frente a los contratiempos, me he centrado en rearmar una barandilla con palos y ramas encontradas por ahí y las zarzas secas que, si aprendes a manejarlas con sumo cuidado, son excelentes cuerdas. Esa barandilla marca el inicio de un falso suelo junto a un barranco, y creo que tendré que volver a reforzarla, pero me he sentido orgulloso de salir del paso sin demasiados pinchazos ni caer al barranco. Aunque, quizá, lo más gracioso (y estúpido, probablemente), ha sido encontrarme un cebollin surgido de una profundidad increíble, que no he logrado sacar ni desenterrándolo. Al verlo dentro del hueco, se me ha ocurrido que podía dejarlo allí, fresco, tierno, aromatizante, a la vista y recién semidesenterrado. Así que lo que he hecho ha sido desenterrarlo un poco más y cubrir el hueco (sin taparlo), con unas ramas cruzadas, de una forma, que deban moverse para poder degustarlo. He pensado que era una excelente «trampa», no con la finalidad de atrapar físicamente a ningún ser, pero sí de tener pistas de qué animalillos se mueven por la zona para quienes pueda resultar apetitosos los frutos de mi trabajo. Si es un jabalí, desde luego, obtendré un estado de desmantelamiento de la trampa muy diferente a si es un conejo el primero en degustar mi cebollín. Y ahí he sentido que quizá no sea tan mala idea venir a estos quehaceres desde mi mente formada en la ingeniería. Quizá tenga bastante que aportar, después de todo. Sobre todo porque lo cuestiono todo, le aplico empirismo a todo antes de darlo por cierto. El tema es que el huerto no es mio, y debo encontrar el equilibrio entre mantener las formas de «como deben hacerse las cosas porque se han hecho así toda la vida» y mis escasos recursos y fuertes ganas de sacar mis propias conclusiones.
A lo que venía, no obstante, no era tanto a escribir sobre mi forma de abordar los quehaceres, sino a tratar de escribir algo más sentido sobre los pensamientos que me han abordado en conexión con esos momentos:
Soy Aragonés,
lo que ves, es.
Como los alimentos del anuncio.
Con el coraje de un «¡arrenuncio!».
Honradez, palabra, lealdad…
nuestras señas de identidad.
Porque no hay precio mayor,
ni deshonra superior,
para un aragonés,
que la palabra perder.
Aunque bien duela,
pero de frente.
Aunque vehemente,
palabra sincera.
Cuando eso es patria,
soy patriota con razón.
Con los pies en la Tierra,
y la Matria en el corazón.
Un prócer del nuevo mundo nos describió,
cuando en Zaragoza estudió.
Y con orgullo aragonés proclamó
mi sentido «Para Aragón»:
P.D.: Dedicado a mi amigo Ángel Petisme

1 comentario en «Con los pies en la Tierra, y la Matria en el corazón»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.