Sáb. May 21st, 2022

Donde comen tres, comen cuatro

No había ni un aparcabicis, claro que ya no estaba en Finlandia. Cerca de la puerta una farola y dos arbolitos, uno a cada lado de la hoja de cristal, atados con alambre a un palo de madera para que no se torcieran. 

Había regresado a su ciudad después de unos meses de erasmus. La bici, además de vehículo de locomoción, le servía para ganarse el pan, bueno, más bien panecillos. La ató a la farola, guardando el sillín en esa mochila amarillo limón que olía a calamares a la romana.

Sergio acudía todos los jueves a ver a su abuela, reminiscencia de cuando de niño la visitaba ese mismo día junto a su padre. ¿Por qué? Porque la echaba de menos, porque le daba la gana. Por primera vez no aparcaba la bici frente al portal de la calle Úbeda, sino en aquella residencia de paredes peladas situada a las afueras.

«EL BUEN REPOSO».

Al abrir la puerta el olor le golpeó la nariz. No lo había visto venir. A Sergio no le gustaba describirlo de esa manera, pero su cerebro se empeñaba en responder que allí olía a vejez, a humanidad condensada capa sobre capa, un olor cansado, saturado y rancio. Estaba seguro de que no agradaría a la abuela.

Un parque móvil, un aparcasillas. Eso le pareció aquella sala donde media docena de ancianos, con una manta por encima, dormitaban sobre sus sillas alrededor de un televisor que hablaba por hablar. Un joven de bata blanca, con una carpeta en la mano y claros indicios de tener prisa, desapareció detrás de una puerta biselada en la que Sergio leyó un rótulo austero: «PERSONAL». Desde luego, allí olía a ropa sin suavizante, a falta de cariño, tal vez a la antesala de la muerte.

—Por favor —se dirigió al joven al verlo reaparecer en el salón—, por favor, vengo a visitar a Fructuosa Olivares, ¿podría decirme dónde está? 

—¿Quién es usted? —preguntó echando un vistazo a su carpeta.

—Soy su nieto.

—¿Su nieto? 

Miró a Sergio de arriba abajo, computándole en segundos la edad, el vestuario, el peinado y la posibilidad de que fuera un asalta-ancianos o un litigante de fortunas. Se fijó en su mochila, el logo de la multinacional despuntando en letras turquesas. Lo miró misericordioso. Luego levantó ligeramente la nariz como si hubiese decidido confiar en su olfato. Sergio olía a joven, a comida rápida, a sudor refrigerado por aire, a licenciado con futuro en el sector servicios. Mientras reiniciaba la ronda, el joven le señaló el pasillo:

—En el cuarto de los periódicos, siga por ahí, no tiene pérdida.

Y por ahí, después de aquel pasillo desnudo, encontró a su abuela, sentada en una silla de ruedas a la que iluminaba una porción de sol. Ningún periódico cerca. La abuela jamás leía la prensa, como mucho recortaba el crucigrama a escondidas, cuando el diario había pasado de la butaca del abuelo a ocupar aquel rincón junto al recibidor, antesala de su desahucio. Sin manta, tres botones de la blusa desabrochados, ella adoraba el frío que decía mantenerle la piel tersa y joven. Parecía desmejorada. Multitud de canas sin disciplina de peine y sobre la piel profusión de escamas y pliegues diminutos. Los ojos desenchufados, no se había percatado de su presencia.

—¡Abuela! ¿Cómo estás? —le preguntó mientras la abrazaba.

—¡Cielo mío! ¡Qué alegría verte! ¡Cuánto tiempo!

—Cuatro meses —respondió Sergio aliviado al ver que su abuela lo reconocía—. Un erasmus corto. ¡Te he echado mucho de menos!

Dejó la mochila en el suelo, se sentó a su lado a lo cheroqui y le habló de aquellos últimos meses: asignaturas aprobadas, carrera terminada, inglés del bueno, muchos amigos, el mundo es un pañuelo, viajes y una austriaca llamada Johanna que era algo más que una amiga. Disfrutaba contándole su vida. La abuela activó sus ojos grisáceos y le pidió alguna palabra en lengua finesa: «kiitos», «moi moi», «mitä kuulu?»… Esta última le hizo reír:

—Calla, calla, que te van a oír.

—¡Es finlandés, abuela! Nada que ver con el trasero, significa cómo estás, y eso es lo que quiero saber. ¿Cómo estás aquí?

—Aparcada, cielo, aparcada. Como todos esos —dijo señalando hacia el pasillo—. Pero es normal, los jóvenes tenéis que trabajar y el abuelo es como es… Este parece que va a ser mi sitio hasta que me llegue la hora.

La alegría interior de Sergio se quebró. Sonó la alarma, esa que viene de serie en casi todas las personas y suele dispararse cuando ven sufrir a un semejante. Empatía la llaman en psicología.

—Yo me dediqué a la casa —continuó la abuela—, a criar a tu padre, después a cuidar a mi suegra y a mis padres; ahora esto ya no es posible con el trabajo fuera de casa. Todos corriendo, corre que te corre.

—Sí, abuela, lo llamamos igualdad, pero hemos igualado por abajo… ¿Quién se encarga ahora del cariño? 

Entró el joven de blanco con un vaso de agua y un ejército de pastillas:

—Hola, Fructuosa, aquí traigo el Escitalopram.

Sergio se despidió, besando a su abuela y sin una respuesta. Aturdido, la alarma no dejaba de sonar.

Esperó a su padre en la cafetería del colegio de ingenieros, debajo del despacho en el que trabajaba. La infusión consumida, la paciencia renqueante. Quizás recibiera un wásap como otras veces: «Me es imposible acudir, hijo». 

El padre apareció veinte minutos después, golpeando por fuera el ventanal de la cafetería con su anillo de casado. Alto, con el pelo engominado, gabardina azul marino, bufanda y mocasines a juego. Elegante pero funcional.

—Perdona el retraso, voy muy liado. Te veo bien, hijo, casi no te reconozco, desde que te has ido nos vemos poco.

—Papá, antes tampoco nos veíamos mucho. 

—Eso es lo que no entiendo. Si quieres vivir solo, tienes la casa para ti solo. Yo apenas voy a dormir y tu madre con tanto viaje internacional a veces ni eso.

—Es vuestra casa, ya tengo edad para independizarme.

—¡Veintitrés años! Conozco a muchos que se quedan hasta los cuarenta.

—Y yo a otros que se van a los diecinueve, Hamid lleva cuatro años independizado. En cualquier caso, como dice la abuela: «Cada una es cada cual».

—Como quieras, pero sabes que puedes contar con nosotros, que podemos ayudarte, pasarte una mensualidad si es necesario. No hace falta que sigas trabajando para una empresa como esta —golpeó la mochila con los nudillos—, donde te explotan por cuatro duros. Tú vales para mucho más que eso, sabes inglés y alemán, tienes la carrera de físicas y eres inteligente. ¿Por qué no buscas algo de lo tuyo?

—Porque me tendría que ir al extranjero, papá. Yo quiero estar cerca de mi gente, mi familia, mis amigos, esta es mi ciudad y mi vida; además, el próximo mes viene Johanna.

—¿Y la vas a meter en casa de tus amigos?

—Ahora también es mi casa, papá, pagamos el alquiler entre los tres y a Alberto y a Hamid les parece bien. ¡Ah! Hay otra cosa más… —papá se puso en guardia, Sergio miró esas manos  enérgicas por las que se había dejado guiar tantos años, cogió aire y soltó lo que llevaba dentro—: Ayer fui a la residencia a ver a la abuela, después pasé por su casa para cogerle algunas cosas, pero solo vi botellas de vino tiradas por el comedor. ¿Qué ocurre?

—Verás, los abuelos tuvieron una discusión, ya sabes cómo es tu abuelo. —La alarma repicó de nuevo en sus adentros, para Sergio detrás de ese equidistante tuvieron se agazapaba una injusticia latente—. La doctora nos dijo que a la abuela le iría bien estar un tiempo alejada de él y nos recomendó una buena residencia. Nosotros no podemos atenderla por el trabajo y tu hermana con los niños tampoco.

—¿Buena residencia? ¿La habéis visto? 

—Tuvimos que hacerlo rápido, hijo, y aún no hemos tenido tiempo —respondió el padre, llevando los ojos a la pantalla del móvil—, pero en cuanto…

—¡Papá, lleva dos meses allí! Esa residencia es un purgatorio —el padre levantó la mirada—. En casa nos sobra una habitación, le he estado dando vueltas y me la voy a llevar al piso.

Silencio.

Abre los ojos.

Suspira.

Aprieta los labios.

Levanta la voz:

—¡¿Estás loco o qué te pasa?! —Explotó su padre, algunas cabezas se giraron y bajó el tono—. ¿Tú sabes lo que supone cuidar a alguien en silla de ruedas? ¿Cocinarle, limpiarle el culo, administrarle las medicinas, pasearla? No tienes edad para eso, Sergio, no puedo aprobarlo. 

Nadie dijo que fuera fácil, llevarse a la abuela resultó una carrera de obstáculos. A ella le pareció una excentricidad poco adecuada para sus años. Su hermana le aplaudió, pero no pudo ayudarle; a sus padres les dolió y se pusieron a la defensiva: «Tú verás, pero nosotros no vamos a darte un duro». La abuela no cobraba pensión y Sergio dedujo que la amenaza pretendía obligarlo a desistir a base de asfixia económica. El capitalismo siempre busca soluciones lejos del corazón.

Costó, pero lo consiguió. Mientras cruzaba la ciudad empujando la silla de ruedas la alarma dejó de sonar. «Donde comen tres, comen cuatro», dijo la abuela al llegar a casa.

Dos meses después la abuela está en su salsa. Tiene el balcón abierto de par en par; sentir el fresco en la cara la mantiene joven. Su piel ha mejorado. Johanna ha salido a pasear, a darle vueltas a las calles: «Así yo coger calor». Alberto en el sofá con una manta por encima y cara de pocos amigos, mirando la tele donde un robot parece estar amartizando. Hamid en la mesa con una infusión en las manos, mientras Sergio, entre el sofá y la cocina, pendiente del cocido de garbanzos, sigue preguntándose quién se hace cargo del cariño en la coyuntura actual.

—Del cariño siempre se ha encargado el cariño mismo —le dice Hamid—, antes se educaba en él, había vigilantas del cariño en las casas. Si no lo tenías de serie, aprendías a respetarlo y a devolverlo porque lo habías visto desde pequeño. Esto ha cambiado, ahora se comprende y disculpa que no tengas tiempo para reembolsarlo a quienes te trajeron al mundo. No hay tiempo, ni tiendas donde lo vendan, tampoco aplicaciones para descargarlo, solo seres ajenos que te atienden por unos euros la hora. ¿Ha desaparecido? No, todavía quedan personas que lo llevan dentro y si tienes mucha suerte, como tu abuela, una de ellas te ofrece cariño sin esperar nada a cambio. Eso es el cariño, Sergio: un regalo ancestral.

AUTORES:  Javier Martínez Aznar y Javier García Lapiedra.

    Nota: Relato premiado en el X Concurso de Relatos Breves por la Igualdad y contra la Violencia de Género de Villanueva del Arzobispo (Jaen). Descargable en: https://villanuevadelarzobispo.es/wp-content/uploads/2021/03/Donde-comen-tres-comen-cuatro.pdf

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