Jue. Oct 6th, 2022

Antropología más allá de la humanidad: de setas, venados, árboles, lobos y pájaros de fuego

Visto en UnaAntropologaEnLaLuna.blogspot.com

«En esta época de desafíos medioambientales causados por los humanos, tenemos que acordar que las historias humanas y las no humanas forman parte del mismo conjunto de desafíos de investigación.»  

Anna Lowenhaupt Tsing.


Y el desafío de investigación de esta antropóloga fue uno de los hongos más valorados del mundo, la seta matsutake, pero también todas las redes de relaciones multiespecies en torno a ella. Eligió esta seta no solo por su alto precio, sino porque se la arregla para vivir en las ruinas que hemos creado. Y es que este hongo aparece tras la deforestación y los incendios, cerca y en relación mutualista con el pino rojo que germina en estas zonas. Aún así, en Japón se considera un manjar que puede llegar a precios astronómicos, porque ya apenas quedan matsutakes. Y esto es debido a que a partir de 1950, disminuyó la intervención en sus bosques y aparecieron otras variedades de árboles, que desplazaron al pino rojo. Su elevado precio permitió que fuera la única actividad económica viable en estos ecosistemas. Y comenzaron a importar del resto del mundo, por ejemplo de los bosques deforestados del noroeste estadounidense. Muchos de estos recolectores son refugiados de Laos y Camboya que lucharon en primera línea de combate por el bando estadounidense en sus países de origen. El matsutake se convierte así en el símbolo de ese acto de imaginación para sobrevivir en las ruinas del capitalismo, en las ruinas de un mundo que se queda sin recursos y sin ninguna estabilidad. “El matsutake realza las grietas existentes en la economía política mundial.»»Muchos recolectores de Oregón son personas desplazadas de economías industriales, al tiempo que los propios bosques son los restos de la obra de la escalabilidad [del progreso lineal]»“Aquí convergen muchas historias distintas que nos llevan más allá de los mundos burbuja para adentrarnos en cambiantes cascadas de colaboración y complejidad”.

«Porque la antropología no se distingue por su objeto, un rayo de luz sobre los seres humanos mientras deja todo lo demás en penumbra, sino por su manera de trabajar, que es la de aprender a través de la participación en/con otras vidas», advierte otro antropólogo, Tim Ingold. Tsing utiliza los términos ensamblaje, conjuntos polifónicos, mundos multiespecíficos… Sea como fuere, explica «necesito ver como se unen diversas formas de vida, también formas de ser no vivientes», y las describe como potenciales historias en ciernes. Valga esta entrada para reconocer la importancia de esta etnografía multiespecie, a través de diversas historias. El zoólogo Wouter Van Hoven fue llamado a analizar las causas de la muerte de más de 2000 antílopes sudafricanos, kudús, de la reserva Kruger en Transvaal, Sudáfrica… pero terminó investigando a las acacias. Van Hoven se dio cuenta de que los animales fuera de la reserva, libres, evitaban a las acacias kaffra, alimentándose de muchos otros árboles. Si las rumiaban, nunca lo hacían del mismo grupo de individuos, sino de acacias muy alejadas entre sí. Así mismo, las jirafas de la reserva evitaban las acacias cuando se acercaban a ellas en la dirección del viento y diversificaban al máximo su alimento. Pero los kudús de la reserva, confinados en un recinto especial, no tenían más remedio que comer siempre las hojas bajas y siempre de los mismos árboles. El árbol, viéndose gravemente amenazado, emitía al aire una señal a través de los poros de sus hojas. Esta señal viajaba hasta 45 metros avisando a otros árboles cercanos de la presencia de herbívoros. Una vez recibida la señal, las acacias comenzaban también a producir tanino antes de recibir la amenaza. El veneno se acumulaba en los pobres kudús hasta provocarles la muerte al cabo de pocos días.

Las mujeres Xhosa adoran su madera para crear sus pipas tradicionales.

Otro ejemplo sobre la comunicación entre los árboles es el que cuenta la bióloga Robin Wall Kimmerer, en su libro «Una trenza de hierba sagrada: Sabiduría indígena, conocimiento científico y la enseñanzas de las plantas». Describe a las especies veceras: las especies leñosas que dan mucho fruto en un año, y poco o ninguno en otro. ¿Y esto por qué?
«Cuando los árboles producen más de lo que las ardillas pueden comer, algunas nueces se salvan de la depredación. Del mismo modo, cuando las despensas de las ardillas están llenas de nueces, las hembras satisfechas tienen más crías en cada camada y la población de ardillas se dispara. Lo que significa que los halcones tiene más crías y que las madrigueras de los zorros también están llenas. Hasta que llega el otoño siguiente y se acaban los días felices, porque los árboles detienen su producción. No hay mucho con lo que las ardillas pueden llenar su despensa, así que tienen que buscar alimento cada vez más lejos, exponiéndose a la vista de los halcones y zorros hambrientos, cuya población también ha aumentado. [Lo que hace que] la población de ardillas se desplome. Casi podemos imaginar a los nogales susurrándose entonces: «Apenas quedan ya ardillas, ¿no es este el momento para producir nueces?» Y las flores vuelven a dar una extraordinaria producción. Trabajando juntos, los arboles sobreviven y se extienden.»

 Y reflexiona: «La prodigalidad mutua podría parecer incompatible con la evolución y la supervivencia individual, pero es un error separar en este proceso el bienestar individual, de la salud del conjunto.» En este caso, «cuando sacian tanto a las ardillas como a la gente, los árboles aseguran su propia superviviencia.(…) Del mismo modo, solo aquellos que saben leer la tierra para encontrar nueces y transportarlas a la seguridad del hogar, sobrevivirán a las nieves de febrero y pasarán ese comportamiento a su progenie, no por transmisión genética, sino mediante prácticas culturales.»Y si no encuentras nueces porque no has sido más rápido que una ardilla, siempre te puedes conformar pensando en el guiso de ardilla… bromea la biológa de la nación Aashinabe (EEUU).

En Arnhem Land, en el Área Protegida Indígena Mimal (Australia), hay un pájaro muy especial: Karrkanj le llaman, que significa «alborotador» en lengua dalabon. Es el Halcón Pardo, el pájaro de fuego. Coge con sus garras un palo ardiente de una fogata y deja caer el palo humeante para encender otro fuego en otra zona. A medida que los pequeños reptiles y mamíferos se escabullen de las llamas recién encendidas, Karrkanj se lanza en picado para alcanzar su presa. Es un ave muy significativa para los Rembarrnga y Dalabon, para los que el fuego es parte de la cultura y la historia de su tierra (Mimal significa fuego). El conocimiento experto del control del fuego es transmitido de generación en generación y se utiliza para incendiar de manera estratégica un patrón de incendios pequeños durante la estación seca y fría y así prevenir incendios forestales calientes y dañinos más adelante. En tiempos antiguos, sin calendarios ni aparatos, sabían cuando era el momento propicio observando los cambios climáticos, las estrellas o la luna. Y también, como el ave, hacían uso del fuego para atraer presas con el fin de darles caza, revitalizando los arbustos de los que se alimentaban.
Karrkanj es un auténtico alborotador, se salta los cortafuegos que producen los aborígenes para provocar incendios forestales no deseados. Y aún así, le consideran un amigo indispensable. Y no es el único ave rapaz que propaga fuegos, también lo hacen el milano negro y el milano silbador. Todos trabajan para la supervivencia individual, pero trabajan juntos para mantener el hábitat saludable. Después de todo, árboles autóctonos como los eucaliptos o la acacia mimosa, son capaces de renacer del fuego: sus cápsulas de semillas se abren gracias al calor, y el suelo rico en cenizas, resulta perfecto para su germinación. El eucaliptos es capaz de renacer a partir de unos brotes en dormición debajo de su corteza carbonizada. Su corteza secada y aplanada, servía de lienzo para los aborígenes. Y sus tallos, cuando los ahuecan las termitas, son la base perfecta de los diyeridús.

«Después de escuchar historias de nuestra familia y pueblos aborígenes en el norte de Australia, los investigadores ahora están trabajando para demostrar que los pirómanos voladores realmente existen. Piensan que es solo una historia inventada, y no lo es», explicaban hace tan solo unos pocos años, en 2018, los gestores de «Mimal Land».

El biólogo Milton M. R. Freeman contaba otro ejemplo esclarecedor sobre la dependencia multiespecies, y en este caso fue el razonamiento de los inuit los que aclararon el entuerto. Se trataba de la cacería del caribú en la isla Ellesmere del Canadá ártico. Los científicos administradores de la fauna canadiense dictaron a los inuit que tenían que cazar sólo caribús grandes o machos, y sólo algunos animales de cada rebaño, con el fin de salvaguardar su ecosistema. Los inuit advirtieron que esa medida destruiría los rebaños más que su práctica tradicional de caza. Y eso fué lo que ocurrió: la población de caribús disminuyó de forma drástica. Los inuit explicaron que como ocurría en todo grupo social, todos los miembros caribú eran indispensables para la supervivencia de toda la comunidad. Todos tenían un rol, y los animales más viejos y grandes no eran menos. Tenían la paciencia y fuerza suficiente para excavar en la nieve y encontrar alimentos, y además, eran un buen modelo a seguir para los más jóvenes.
Los caribús también aparecen en el libro «Kings of the Yukon: An Alaskan River Journey» de Adam Weymouth. En esta obra se desarrolla una entrevista a Percy Henry, un anciano Tr’ondëk Hwëch’in, nación originaria de Canadá. Henry tenía ochenta y nueve años en ese momento (2018). Así explicó todas las muertes de caribús por ataque de lobos que preocupaban en esa zona:

«El lobo es el médico de todos los animales». “Él persigue al caribú. No los mata en la primera oportunidad. Podría, pero son entrenados por lobos viejos para no matarlos hasta que uno se caiga a un lado. Ese es débil. Así es como se mantienen saludables, haciéndolos sudar».
Pero ahora, dice Percy, los lobos jóvenes no saben qué hacer. Comenzó cuando el estado empezó a sacrificar lobos como una forma de proteger al caribú. Les dispararon a los lobos viejos, a los que entrenan a los cachorros. Entonces, contaba que veía lobos que entraban en los patios para atacar a los perros, lobos persiguiendo motos de nieve. «No se les ha enseñado a temer; no han recibido educación de sus mayores.» No saben cómo comportarse correctamente, salen y se meten en problemas.
«Pero la gente no me cree, porque no se puede leer en un libro», se lamentaba Henry. Y sentenciaba: “el mundo era bueno, pero lo arruinamos”.


«La colaboración y la cooperación son fundamentales para los mamíferos sociales, y extremadamente importante para los primates.» advierte Agustín Fuentes, antropólogo primatólogo. «Pero eso no significa que seamos buenos todo el tiempo, corriendo tomados de la mano por un campo de margaritas durante la mayor parte de la historia evolutiva. No, también nos agredimos unos a otros en la cabeza. Es solo que, en promedio, aquellos que pasaron todo el tiempo golpeando a otros en la cabeza no lo hicieron muy bien.»
El historiador Rutger Bregman reafirma:
«Busque libros sobre la naturaleza humana y encontrará títulos como Demonic Males, El gen egoísta y The Murderer Next Door (El asesino al lado). Los biólogos asumieron durante mucho tiempo la teoría más sombría de la evolución, en la que incluso si un animal parecía hacer algo amable, se lo consideraba egoísta. ¿Afecto familiar? ¡Nepotismo! ¿El mono parte un plátano? ¡Explotado por un gorrón! Como se burló un biólogo estadounidense: “Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. […] Rasca a un «altruista» y mira cómo un «hipócrita» sangra». 

¿Y en economía? Lo mismo. Los economistas definieron nuestra especie como el
homo economicus: siempre con la intención de obtener ganancias personales, como robots egoístas y calculadores. Sobre esta noción de la naturaleza humana, los economistas construyeron una catedral de teorías y modelos que terminaron promulgando montones de leyes. Sin embargo, nadie había investigado si realmente existía el homo economicus. Es decir, no hasta que el economista Joseph Henrich y su equipo lo asumieron en 2000, al visitar quince comunidades en doce países de los cinco continentes, agricultores, nómadas y cazadores y recolectores, todos en busca de este homínido que ha guiado la teoría económica por décadas. En vano. En todas y cada una de las ocasiones, los resultados mostraron que la gente era simplemente demasiado decente. Muy amable.» Parece que ser homo economicus consiste en satisfacer los intereses propios, y utilizar los encuentros con el resto del planeta para maximizar estos intereses, permaneciendo inmutables a su influencia. Pero nuestra vulnerabilidad nos advierte que para sobrevivir necesitamos ayuda, que la superviviencia siempre involucra a otros, tanto dentro de nuestra propia especie, como entre especies distintas.
«El problema es que el progreso dejó de tener sentido», advierte Tsing. «Fuimos cada vez más los que un día alzamos la vista y nos dimos cuenta de que el emperador estaba desnudo.» «Debemos buscar historias que se desarrollen a través de la contaminación, la transformación a través del encuentro». «Es en el contexto de este dilema donde las nuevas herramientas de observación parecen tan importantes».

Las cestas de mimbre juegan un papel fundamental en el mundo de la micología. Los agujeros del recipiente permiten esparcir las esporas para la reproducción de los hongos.

 Fuentes: 

La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Anna Lowenhaupt Tsing.
Una trenza de hierba sagrada: Sabiduría indígena, conocimiento científico y la enseñanzas de las plantas. Robin Wall Kimmerer.
Rutger Bregman, Dignos de ser humanos: Una nueva perspectiva histórica de la humanidad.
Kings of the Yukon: An Alaskan River Journey. Adam Weymouth
The Nature and Utility of Traditional Ecological Knowledge. Milton M.R. Freeman.
En busca del Homo Economicus: experimentos de comportamiento en 15 sociedades de pequeña escala. Joseph Henrich.

Anthropology beyond humanity. Tim Ingold.

https://www-bushheritage-org-au.translate.goog/newsletters/2020/winter/fire-birds?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=sc

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