Sáb. May 21st, 2022

La tarantella y la jota: la mordida de la tarántula.

Visto en UnaAntropologaEnLaLuna.blogspot.com

Tengo un tormento dentro de mi pecho, que me consume y nunca se para.
Se estremece la tierra debajo de mis pies,
nunca hay un final para mi caída.
Lo que estás comiendo no tiene sabor,
para mi no hay luces ni colores.
La gente sabía como curarte, hay un mal nombres para eso, se llama Taranta.
Y ahora que los tiempos andan cambiando,
nadie puede sentir mi dolor.
Quien me trae el agua para sanarme.
A quien pido la gracia para curarme.
No sé si es taranta lo que siento,
pero no me deja tranquila y me vuelve loca.
Si es taranta, no me abandones,
si bailas solo no podrás curarte.
Si es taranta, déjala bailar, si es melancolía, échala fuera.

Taranta – Canzoniere Grecanico Salentino (ft L. Einaudi)


“La picadura de la tarántula mantiene al hombre en su propósito, es decir, en lo que pensaba cuando fue picado”

Leonardo Da Vinci.

«No es que unos mientan y otros digan la verdad; […]; sino que la precisa desigualdad de los países, la idiosincrasia del insecto y del mordido, y otro cúmulo de circunstancias que alteran generalmente las cualidades de los cuerpos, son la verdadera causa de haber faltado en este suceso muchas de las notadas por los médicos italianos»  

1787, Francisco Xavier Cid, médico titular del Ilustrí. 

Según el doctor Francisco Xavier Cid, la tarántula es un “ponzoñoso insecto” que provocaba “una picadura aguda bastante dolorosa”, pero también otros síntomas: “ansias, congojas, suma inquietud”, “desazón interior”, “desasosiego” o incluso “melancolía”. Y en España, al igual que en Italia, explica Cid, «también se predica ser necesario para la curación de los tarantulados que salten, brinquen o baylen hasta sudar, en cuya evacuación piensan consistir el remedio».

 «Porque unos cantan, otros ríen, otros lloran, otros saltan, otros duermen, otros sudan, otros tiemblan y, finalmente, otros hacen cosas extrañas. Empero a todos los accidentes tan discrepantes es un remedio común la música: la qual mientras dura, cada uno torna en sí mismo, y parece no tener mal ninguno, y cessando la voz, o los instrumentos, vuelve a su primer locura.» escribió Pedanio Dioscórides Anazarbeo, médico, farmacólogo y botánico de la antigua Grecia.

Pero no toda música vale. En Italia, sólo el ritmo de la «tarantella» es eficaz. Tradicionalmente, esta danza procedente de Tarento, en la Italia meridional, región de la Puglia, en la que abundan las tarántulas. Los tarantulados o atarantados, en el siglo XVII, eran atendidos por violinistas en vez de por médicos.  No fueron pocos los investigadores que escribieron sobre este ritual. El antropólogo Ernesto de Martino criticaba la antropología de su época, la de los años 50, que trataba las otras culturas y sus prácticas como exóticas, curiosidades, pintorescas… y las más de las veces, como subdesarrolladas, o parte del pasado. Algo así como describía el escritor Eduardo Galeano a los Nadie: «que no practican cultura, sino folklore».

No solo Ernesto de Martino estaba en contra de este tipo de antropología, sino también el filósofo y sociólogo Antonio Gramsci, que escribió mucho antes de este tema pero sus escritos se publicaron al mismo tiempo. Dos hombres que, cada uno a su manera, intentaban contextualizar no solo en el momento histórico, sino que también resaltaban de alguna manera las relaciones de poder entre las culturas hegemónicas sobre las subalternas, las desigualdades que habían entre las personas en esas sociedades, de género, clase, creenvias religiosas…

Es más, Gramsci, que era de una zona campesina de Cerdeña, escribió una carta a su madre desde la carcel, para pedirle que le recogiera canciones y texto de las fiestas de las zonas rurales de Italia, y le decía que siempre estaba interesado en estos grandes temas porque no los consideraba memeces como los demás.

«Cuando puedas, envíame algunas de las canciones sardas que cantan por las calles en Boltano, y dime si aún hacen alguna fiesta, los certámenes poéticos; escríbeme los temas que cantan. La fiesta de San Constantino en Sedilo, y de San Palmerio, ¿las hacen aún? La de San Isidro, ¿es aún tan grande? ¿Permiten sacar la bandera de los cuatro marcos a hacer los pasacalles? ¿Hay aún capitanes que se visten como los antiguos milicianos? Tú sabes bien que estas cosas me han interesado mucho siempre; escríbeme y no te creas que son memeces…»

Y hay otra anécdota, que la cuenta el antropólogo Carles Feixa. En el año 1917, el gobierno había enviado a Turín una brigada de soldados de Cerdeña para reprimir a los obreros en huelga. El caso es que estos soldados sardos eran pastores pobres, así que algunos obreros pensaron en lanzarles un escrito invitándoles a «fraternizar con los obreros turineses y a no odiarles porque eran sus hermanos de clase». Un grupo fue a ver a Gramsci, que entonces era profesor en Turín, para que les aconsejara y revisara el manifiesto. Uno recuerda que lo reescribió hasta cuatro veces… Y aconsejó no poner la palabra “hermanos” ni tampoco “clase”. Dijo que para los pastores pobres de la Cerdeña, los obreros de Turín eran unos “señores” y no “hermanos”. Y la “clase” era la escolar, y no la social como nosotros la entendíamos. Había que hablarles claramente, de ricos y de pobres. Y claro, para estos soldados pobres, los ricos eran esos obreros en huelga, que eran ricos y les estaban traicionando. Así que había que decirles que los obreros de Turín no eran tan ricos, que se habían declarado en huelga contra los patronos porque no tenían pan y porque querían la paz. Y todo eso, en contacto directo, nada de escritos, y en dialecto sardo y con algún mediador sardo también. Gramsci fue uno de los mediadores, y se sorprendieron mucho que un profesor sardo estuviera apoyando a los obreros de Turín. Muchos soldados fueron luego obreros en esa ciudad.»

Ernesto De Martino fue otro investigador que decidió profundizar en su propia cultura. En 1959 viajó a Salento, y en compañía de un psicólogo, un sociólogo, un etnomusicólogo, y hasta un fotógrafo, describió el ritual del tarantismo en su libro «La tierra del remordimiento». En Aragón, España, eran las jotas. «La jota aragonesa medicinal tiene otro movimiento que la ordinaria. Se toca aquélla mucho más deprisa que la jota corriente», escribía el antropólogo y musicólogo Marius Schneider.

Según la historiadora María Tausiet, fue «un fenómeno que se prolongó hasta los años cuarenta del siglo XX» Ella pudo entrevistar en 1999 y en el 2000 a las últimas personas que pudieron atestiguar este caso, en Fraga, Huesca (en el llano del Baix Cinca). Por estas narraciones, supo que «el tarantismo representaba una terapia más que una enfermedad, ya que ofrecía la oportunidad de liberar tensiones acumuladas, además de suponer una excelente disculpa (admitida socialmente) para que los atarantados pudieran mostrar en público una hostilidad que no les era permitida en la vida normal»

«Lo primero que debía hacerse era trasladar al “picado” hasta Fraga en un carro lo antes posible para, una vez allí, tumbarlo en un colchón a la vista de todo el pueblo. Éste se colocaba bien en el patio de su casa, bien en la calle. Lo importante era que acudiera el máximo número de vecinos a cantar y a bailar alrededor del enfermo, acompañados de guitarras y otros instrumentos. En compensación, la familia del atarantado ofrecía un banquete a los asistentes, consistente en aceitunas, vino y embutidos (jamón, longaniza, chorizo, etc.). Ello suponía en más de una ocasión la ruina de las familias pobres, dada la numerosa concurrencia, que en varias horas podía agotar las reservas guardadas para todo el año»

«Para la gente era una fiesta: no lloraba nadie” le contó la vecina de Fraga Conchita Salarrullana. En julio de 1937, en plena Guerra Civil española, la llamada Columna Durruti (integrada por milicianos anarquistas) se hizo con el dominio de Fraga durante unos meses, llevándose a cabo una colectivización que abolió la propiedad privada, el dinero y el trabajo asalariado: “Se vivía sin dinero, todo se apuntaba en una libreta; además no había ni cine, ni baile, ni nada. La picadura de la tarántula fue ese año una auténtica fiesta en ausencia de otras diversiones […]. Muchos milicianos iban allí de juerga, al patio de la casa” le contó también José Salarrullana.

Tanto la historiadora Tausiet como el antropólogo italiano Ernesto de Martino, coinciden en que el momento en que el número de los casos aumentaban, tanto en España como en Italia, era en la época estival, un período especialmente crítico que, como señalaba De Martino, suponía enfrentarse al “vacío vegetal y laboral posterior a la época de la cosecha” y “desafiar la inseguridad del nuevo año agrícola” un “tiempo simbólico de impedimentos existenciales” que se convertía en “una época de eflorescencia de todos los conflictos sin resolver»

 La picadura también coincidía con momentos críticos en la vida de sus víctimas, ya fuera por conflictos familiares, muerte de seres queridos, miseria, hambre, enfermedad y desamores.

Si bien es cierto que la siega, el espigueo o la vendimia, que se daba en la época estival, coincidían con el momento en que los arácnidos venenosos eran más numerosos y se encontraban más activos, habían diferencias entre los diferentes lugares en los que se daban los casos. En el sur de Italia, por ejemplo, eran las mujeres las victimas más numerosas. Eran picadas mientras trabajaban en los campos recogiendo las hojas del tabaco, lugar donde solían anidar las venenosas tarántulas y donde ellas trabajaban con falda y sin ninguna protección. Según la creencia popular, tras ser picadas por una tarántula esas mujeres acababan siendo poseídas por su veneno, causándoles trastornos emocionales y psíquicos, pero también exteriorizando el agotamiento físico y nervioso de esas mujeres debido a las duras condiciones de un trabajo precario bajo el sol de las áridas tierras del Salento.

Mientras, en la isla de Cerdeña, los picados eran en su mayoría varones y apenas se movían en la terapia. Simplemente, escuchaban la música y entraban en éxtasis.

Pero todas las fiestas de la tarántula coincidían en que se daba cierta ambigüedad tragicómica, donde se mezclaban las risas y las lágrimas, compasión y fiesta. Había una mezcla entre la alegría y el regocijo de la mayoría, la preocupación de los familiares y el dolor del o de la enferma, que sólo conseguía consolarse con la alegría de los demás.

«De este modo», explica Tausiet, «la diversión, entendida como desviación de las preocupaciones, constituía en sí misma una forma de caridad, cada vez más difícil de reconocer en nuestros días». La fiesta siempre ha sido y será política, más bien política dramatizada. Sí es cierto que es transgresión, pero a través de la transgresión que se realza el orden social, las normas, las leyes… los límites. Y con la transgresión me refiero a esa oportunidad para anular de alguna manera el desarraigo, anular las distancias sociales, las jerarquías, los espacios privados… dominar otra vez lo que ahora llaman el espacio público, vamos, la calle. Es romper con lo rutinario, lo repetitivo, para volver a la libertad de lo posible, crear nuevas posibilidades. La buena fiesta expande la imaginación, otras posibilidades de vida dentro de las dinámicas de poder existentes.

Como la danza inquieta de la picadura de la tarántula que pretende romper con lo rutinario del trabajo para crear una comunidad más fuerte, y quizás una revolución. Por eso, una fiesta nunca es individual, es una tragicomedia que se presenta en común. Una vida colectiva y única frente a todos los peligros externos: el del paso del tiempo, el de la malas codiciones de vida y trabajo, y las pandemias. Por eso siempre y sobre todo la fiesta debe ser comunal, participativa, fraternal. Porque si bailas solo, no podrás curarte.

«…el símbolo de la tarántula comporta un ethos, es decir,
una voluntad mediata de historia, un proyecto de “vida
en común”, un afán por salir del aislamiento neurótico
para participar en un sistema de fidelidades culturales y
en un orden de comunicaciones interpersonales acreditado
tradicionalmente y compartido socialmente.»

Ernesto De Martino.

(Aihwa Ong, antropóloga, explica la posesión por espíritus entre mujeres jóvenes malayas que trabajan en plantas de montaje electrónico, como respuesta a la introducción de relaciones capitalistas en su modo de vida campesina. Esto comenzó a principios de los años 70, con el asentamiento de empresas multinacionales en el país. En estas fábricas, se usan a las empleadas jóvenes como meros “instrumentos de trabajo”, y en muchos casos se les retiene el pasaporte ilegal, les crean endeudamiento, prácticas engañosas de reclutamiento, libertad de movimiento limitada, malas condiciones de vida y trabajo, multas y otras sanciones que les impiden renunciar. La posesión por espíritus les da la oportunidad de expresarse, reivindicando justicia en una situación de desarraigo y desigualdad, ya que carecen totalmente de voz y de influencia política.)

Fuentes:
https://www.youtube.com/watch?v=iD8xD5hANsc
http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=529
http://biblioteca2.uclm.es/biblioteca/CECLM/ARTREVISTAS/ALBASIT/Alb20Almendros.pdf
http://digital.csic.es/bitstream/10261/19978/1/82.pdf
Ernesto de Martino, La tierra del remordimiento http://emilylorajames.com/tag/aihwa-ong/ https://img.macba.cat/public/PDFs/ernesto_demartino_carles_feixa_cas.pdf

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