Jue. Oct 6th, 2022

Agua para los pueblos que crían el agua

Por Itzamná Ollantay en AlCarajo.org

La civilización moderna, tanto en su perspectiva liberal y socialista, estableció dos concepciones hegemónicas sobre el agua.

Los liberales asumen que el agua es un recurso natural que debe ser gestionado por la iniciativa privada para proveer a quienes tengan capacidad de pagar por ella.

Los socialistas asumen que el agua es un recurso natural que debe ser administrado por los estados para garantizar el acceso al agua para toda la población humana.

Estas dos concepciones antropocéntricas asumen al agua como un recurso (elemento de la economía, así como asumen el bosque o los suelos). Incluso la asumían como un recurso natural infinito (que no podía agotarse), exclusivo para los humanos.

Ante las evidencias cotidianas de los desequilibrios planetarios, la civilización moderna, mediante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), estableció, en el año 2010, el acceso al agua y servicios de saneamiento como un derecho humano fundamental, a iniciativa del ex presidente de Bolivia, Evo Morales. Desde entonces, incluso antes, algunos estados, incorporaron este derecho como parte del catálogo de los derechos humanos en sus ordenamientos jurídicos.

En los últimos años, ante la incapacidad del conocimiento y tecnologías modernas de garantizar el acceso al agua para la humanidad, se ensayan diversas opciones para la gestión del agua. Desde las políticas públicas asumidas por algunos gobiernos locales de declarar y reconocer a ríos y lagos como seres vivos, sujetos de derechos, hasta las reiteradas prácticas de privatización del agua como mercancía generadora de divisas.

Lo cierto es que, al momento, de los cerca de 8 mil millones de habitantes del mundo, más del 50% no tiene acceso al agua limpia. Y muchos de los que supuestamente beben “agua potable”, ingieren “agua muerta” embotellada. ¡Cerca de mil millones de personas padecen sed en el mundo!

El agua escasea, y lo que hay de ella, en buena medida, está contaminada o la están embotellando para venderlas. Los mercados, año que pasa, exigen mayor producción agrícola. Así la disputa por el agua se incrementa en el área rural, aparte del envenenamiento de los cuerpos de agua por el uso de agroquímicos…

En esta difícil realidad hídrica planetaria, es importante voltear la mirada e intentar comprender las concepciones y crianza del agua no modernas.

Aunque casi nada está libre de la “mercantilización”, para los pueblos originarios el agua es un ser vivo con derechos y obligaciones (tiene el derecho de recibir ofrendas y la obligación de proveer vida a la comunidad cósmica, por ejemplo).

El agua es la fuente, el origen, de la existencia de la totalidad. Allí están las diferentes leyendas que narran los orígenes míticos de diversas civilizaciones emergiendo desde y con el agua. El agua es una de las divinidades que dieron origen y preservan la vida, en sus diferentes formas, en la comunidad cósmica. El agua es la que hace posible que exista la Vida. Y todo tiene vida. En ese sentido es un ser divino.

El agua es Mama Yacu (madre agua, se dice en quechua) que crea y procrea la Vida. Nuestra Madre que nos amamanta durante toda nuestra existencia hasta hacer que más del 70% de nuestro organismo esté compuesta de agua. En ese sentido somos agua. Tenemos la identidad y esencia de Agua.

Esta conciencia e identidad agua la fuimos escondiendo en la medida que perseguíamos la modernidad como horizonte civilizatorio. Pero, ahora, ante los límites de la modernidad de “gestionar los recursos naturales” ya es momento de repensar nuestra identidad y espiritualidad agua. Somos agua que camina, que ama, que piensa, que sueña. Somos agua que se organiza sociopolíticamente para canalizar nuestras fuerzas y convertirnos en ríos de luchas por la Vida. Eso somos. Agua.

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